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AISLARNOS ¿PARA QUÉ?

Por Rafael Gutiérrez Bossa

"Yo he sospechado alguna vez que cualquier vida humana, por intrincada y populosa que sea, consta en realidad de un momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quien es…" ( Tomado de Otras inquisiciones Jorge Luis Borges)



Automatic. Edward Hopper. 1927

El Covid-19 incrementa diariamente los números de personas diagnosticadas con el virus; más de 175 países presentan los casos de contagio, unos más afectados que otros, y esto ha hecho que gran parte de los países del mundo tengan la necesidad de actuar de manera conjunta para así evitar que la tragedia sea aún mayor. Por lo tanto, se ha visto una preocupación global que ha generado tanto en los estados como en los pueblos una comprensión colectiva hacia el valor de la vida, que es la propiedad esencial de todos los seres del planeta. Una de las maneras como se contribuiría a la no propagación del virus es mantenerse aislado socialmente, que a la vez indica mantenerse lo máximo que se pueda en los hogares.

Este aspecto no solo es importante para prevenir la obtención o transmisión del virus, sino también nos brinda esa posibilidad de acercarnos a los valores que se han venido reduciendo en esta era, el valor de la familia y el valor de su individualidad. Sobre esto último, el ser humano se encuentra desposeído, ya nadie parece vivir su vida, no proyectan su futuro de manera consciente porque todo le es impuesto, y con él, la naturaleza ha sido la mayor víctima de esa irracionalidad humana, las dos víctimas por lo mismo, el dominio. Esta pandemia ha respondido tan contundentemente en comparación a cualquier respuesta humana, desafortunadamente se ha llevado muchas vidas, pero esta manifestación parece hablarle a esa otra parte de la humanidad que contempla el desastre.

Aislarnos por la seguridad nos brinda esa posibilidad de encontrarnos con nosotros mismos. Más allá que el mundo este compartiendo el mismo miedo y fragilidad, también nos invita a utilizar el tiempo para reflexionar. La vida es la prioridad en estos momentos y por lo tanto, los aspectos sociales, políticos y económicos pasan a segundo plano y ahora desde la intimidad del espacio íntimo, este escenario se transforma en un panóptico para observar la fragilidad nuestra, al igual que el de las grandes instituciones y de la economía. Pareciera que estamos pasando por una necesaria etapa de confrontación con lo interior y lo exterior ¿Qué nos está queriendo decir la naturaleza?

Es difícil que el hombre se ocupe de esta pregunta cuando ni siquiera estamos claros de la lucidez de nuestra conciencia. Este repliegue no solo puede desenmascarar la realidad del mundo, también la nuestra. En un país como el nuestro es muy probable ser un producto político o de la Iglesia, de la educación o del espectáculo, y ni siquiera lo notaríamos, y estas son otras pandemias, hasta peores, porque han estado acompañándonos por mucho más tiempo. Dicen que somos seres de costumbres y esta frase es muestra de esa costumbre, de la resignación de un sujeto histórico que no se da cuenta de su historia. Acostumbrados a la cobardía de no manifestar públicamente nuestra propia razón en los aspectos políticos, siempre estamos obligados a que nos guíen, siempre un determinado representante decide por nosotros. Nuestros conocimientos en las escuelas se moldean por la decisión de un docente cuya función es desarrollar una maquinaria social, el valor se encuentra en solo ser útiles para el sistema capitalista neoliberal. Nuestras creencias son un producto impuesto por iglesias, medios de comunicación, partido político, y en general el marco sociocultural en el que desarrolla cada individuo su vida cotidiana. Y si creemos que nuestros gustos y necesidades son acciones libres tendríamos que ver cómo esa sociedad del espectáculo se encarga de manejar nuestro tiempo de ocio.

El ser humano ha perdido lo único que puede distinguirlo del animal, y es el interrogarse sobre sí mismo, lo ha perdido porque encuentra las respuestas en estos modelos destructores de la individualidad. Por eso debe ser la naturaleza la que nos produzca algo de luz esperanzadora, este hecho no solo nos repliega en el espacio de nuestro hogar, sino también sobre nosotros mismos, realizar una introversión, percibirse a sí mismo, ante todo, como un ser individual que comprende realmente que tiene la facultad de valerse de su propio entendimiento.

Pero debemos tener en cuenta que, si bien nuestro hogar es nuestro escenario íntimo y de compartir con nuestros seres queridos, también la debemos depurar de la infodemia, que no sólo se le atribuye a que la pandemia genere sobreabundante información falsa que se propaga entre las personas y los medios, también a las banalidades con los que alimentamos los Mass media. Cada uno desde su hogar debe invertir el tiempo que le ha brindado la naturaleza para reflexionar y crear nuevos valores, apuntando siempre al bien individual y al bien común. Cada uno puede decidir lo que hace con su tiempo, pero sus actos no deberían omitir un mensaje necesario para la toma de conciencia. Como expresó el escritor colombiano William Ospina sobre esta situación “Sentimos que hay algo que aprender de estas alarmas y peligros. Si todo lo más firme se conmociona, nos enseña que todo puede cambiar, y no necesariamente para mal. Que, si la tormenta lo estremece todo, nosotros también podemos ser la tormenta. Y que en el corazón de las tormentas también puede haber, como decía Chesterton, no una furia, sino un sentimiento y una idea”.

 
 
 

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